El testamento de Charles Vance Millar

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Charles Vance Millar

Charles Vance Millar (185331 de octubre de 1926) fue un abogado canadiense. A pesar de haber sido altamente exitoso en su trabajo, Millar pasó a la historia por sus bromas que se burlaban de la hipocresía y la avaricia de la gente. Uno de sus juegos favoritos era dejar billetes de pequeña denominación en la acera, esconderse y ver a los transeúntes recogerlos furtivamente.

La última y más grande broma de Millar fue su testamento, que estaba lleno de deseos absurdos. Éstos incluían dejar acciones de pistas de carreras a gente que estaba en contra de las apuestas, y una casa de vacaciones en Jamaica a tres abogados que se detestaban.

Su último deseo era el más raro de todos: el patrimonio restante de Millar debía ser convertido en dinero en efectivo y dado a la mujer que tuviera más hijos en Toronto en un periodo de diez años después de su muerte. En caso de empate, el dinero debía ser repartido equitativamente

El gran derby de la cigüeña

La última voluntad de un hombre rico e hipotecado a su sentido del humor. Charles Vance Millar (1853-1926) un exitoso abogado canadiense, cómico y bromista por vocación, decidió repartir su gran fortuna de manera insólita. Una mansión para dividir entre los tres abogados más enfrentados del país. Acciones de un hipódromo para entregar a varios de los peores detractores del juego… y, sobre todo, el famoso concurso ‘natalicio’ propuesto al albacea en la cláusula número 9.

En una época de recesión, marcada por la Gran Depresión de finales de los 20, el señor Charles Vance Millar decidió premiar con la mayor parte de su fortuna a la mujer de Toronto que más hijos engendrara durante un periodo de diez años tras su muerte. La propuesta fue, evidentemente, una bomba y estaba enfocada a fomentar la natalidad en el peor de los escenarios de crisis. La fortuna entregada al concurso rozaba el millón de dólares de la época y aseguraba la manutención vitalicia de varias generaciones.

“Mi última voluntad es necesariamente rara y caprichosa simplemente porque no tengo familiares o parientes cercanos y ninguna obligación para con mi patrimonio. Mi único compromiso es dejar prueba de mi locura con aquello que he ido recolectando por encima de lo estrictamente necesario durante toda mi vida.“ Charles Vance Millar

Charles Vance Millar no era un abogado al uso. Graduado ‘Cum Laude‘ por la universidad de Toronto, pronto destacó también como un apasionado estudiante de la conducta humana y los límites perversos de sus diversiones. Guasón y chunguero constante, se atascó en la convivencia lo justo como para evitar perpetuarse y dejar descendencia. Todo el mundo se reía con él pero nadie le aguantaba y él era consciente de su cómica condena. Hasta su tumba.

Por deformación profesional todos sus chistes se basaban en la codicia y la pasión del hombre por el dinero. Su lema era aquél de “Todo hombre tiene un precio” y no era raro encontrarle por la calle escondiendo billetes de un dólar por las aceras sólo para ver la cara de sorpresa de los transeúntes al divisarlos. Nunca dejaba nada a la improvisación y su testamento fue un compendio de triquiñuelas para evitar que el Tribunal Supremo Canadiense anulara la excéntrica voluntad por ser contraria al orden público establecido.

La primera de las carcajadas de ultratumba se escuchó al ver las caras de los tres enfrentados juristas agasajados en la ironía del primer legado. El uso y disfrute de una de las casas de verano que Charles poseía en Jamaica. Una de las cláusulas apuntaba que, en caso de fallecimiento de uno de los abogados (a manos de cualquiera de los otros dos) el valor de su parte iría a parar directamente a la beneficencia de la ciudad.

Una acción de la empresa cervecera O’Keefe, de la que Charles fue multipropietario, fue entregada también a cada pastor protestante de la orden de Orange que hubiese en la ciudad de Toronto. Señalar que la fábrica era una empresa de origen y gestión católica. Siete destacados ministros metodistas y defensores de la templanza iban a recibir unas acciones por valor de más de 700.000 dólares participando también en la dirección y gobierno con la facción más católica del grupo. Glup!

Del mismo modo otros tres detractores del juego y las carreras de caballos, pilares morales de la comunidad no ludópata de Toronto, iban a recibir 25.000 dólares en acciones del “Ontario Jockey Club” el más conocido hipódromo y casa de apuestas de la ciudad.

Cláusula número 9. El gran derbi de la cigüeña

” […] Y el resto de mis propiedades, donde quiera que estén, las entrego y dono a mis ejecutores y síndicos nombrados a continuación en fideicomiso para que las conviertan en dinero de la forma que estimen pertinente e inviertan hasta el vencimiento del periodo de cadencia -diez años desde mi muerte- para luego convertir y entregar todo a la madre que haya dado a luz el mayor número de hijos en la ciudad de Toronto desde esta fecha, según demuestren los registros con arreglo a estadísticas públicas. Si más de una madre comparte el mismo número total de hijos, según el mismo registro, se dividirá el dinero y sus beneficios acumulados en partes iguales entre ellas.” Charles Vance Millar

Los medios de comunicación bautizaron al extravagante concurso como “El gran derbi de la cigüeña“, y siguieron el evento con un interés creciente. Los concursantes fueron identificados por los periódicos convirtiéndose en auténticas celebridades de la noche a la mañana. Pronto empezaron los problemas y las rivalidades surgidas por el premeditado vacío legal propuesto por el testador: abortos, hijos ilegítimos, fallecimientos prematuros.. La mismísima Corte Suprema de Canadá tuvo que tomar partido y hacer frente a todas las dudas y problemas surgidos para validar el absurdo concurso.

La mayoría de las participantes eran mujeres desempleadas con maridos en paro y que paradójicamente tuvieron que hipotecarse durante los diez años de concurso para sacar adelante los hijos ‘de encargo’ con esta singular ‘planificación familiar’. El porcentaje de abortos y de aventuras extramatrimoniales de este ’sin sentido’ llevó a muchos de los concursantes -sobre todo a los no finalistas- a situaciones de extrema pobreza y necesidad.

El 31 de octubre de 1936, justo diez años después de la muerte de Charles Vance Millar, terminó el concurso con un empate técnico. Cuatro mujeres habían llegado a tal fecha con nueve vástagos vivos y ‘validados’ por la Corte Suprema: Anna Katherine Smith, Ellen Kathleen Nagle, Lucy Alice Timleck, e Isabel María MacClean se repartieron 125.000 dólares cada una para sacar adelante sus familias. Mención especial hizo la Corte a dos mujeres ‘finalistas’ que, si bien habían logrado llegar a los diez nacimientos, lo hicieron atajando por el camino de la promiscuidad con hijos no validados legítimamente amén de varios abortos. La comisión entregó a Lillian Kenny y Pauline Mae Clarke 12.500 dólares por el simple hecho de haber llegado a la ronda de apelaciones.

La última voluntad de gran Charles Vance Millar se había consumado.

Acerca de superocker

Me gusta el rock, el cine y las chicas

Publicado el enero 23, 2012 en Historias Increibles, Personas Misteriosas y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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